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         Seminario de Psicoanálisis Implicado
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             EDITORIAL DE OMAR LÓPEZ
                  viernes 4 de abril 2008

Tuve  un sueño. El maestro Carlos Fuentealba y yo contemplamos una pintura del gran Salvador Dali de 1931; La persistencia de la memoria.

Vos alguna vez la viste.

También se la conoce como Los relojes blandos.

Una bahía despertando en el amanecer, el mar, la montaña para ver la soledad desde lo alto y el silencio que empuja los tres relojes deformes, sensación del óleo que se derrite y saltan al primer plano. Un animal dormido en el centro del cuadro; yegua recostada con reloj a modo de montura y dando las seis. Casi primer plano de esas enormes pestañas que cuidan un sueño del animal mujer. Fuentealba dice que tiene vértigo este Dalí. Yo le contesto que la memoria es una mujer que duerme dentro del tiempo del los olvidos. Carlos me mira y dice, parece dormirse sobre la impunidad tan grande como los desiertos neuquinos. Duerme o espera me pregunto. Fuentealba me pone una mano en el hombro, regresa la mirada al cuadro y después balbucea; espera que la liberen.

Es como el beso que libera a la bella durmiente, digo. Carlos ríe a medias; sin amor no hay tiempo que se pueda querer, sin beso no hay libertad. Yo le digo que el beso es la unidad que rescata la memoria para después liberarnos del olvido.

Carlos Fuentealba me dice que si Salvador Dalí fuera a Neuquén pintaría a Sobisch. Pintaría un animal de cabeza pequeña y deforme, con grandes colmillos,  encadenado al jardín de un señor muy rico. Carlos suelta una carcajada y saca del bolsillo de su guardapolvo una tiza celeste y dibuja a Sobisch sobre el oleo de Dali.

Su mano en el aire, la tiza surcando la estría del lienzo.

Me da la espalda; habla sobre el sentido de tantas muertes libradas en los caminos de las luchas, de los sueños. Son como esta enorme bahía y sus granos de arena, cada grano es un hombre y una mujer y los dos son una semilla que debe germinar un recuerdo valiente, un descubrimiento justo para que paguen los verdugos de la felicidad.

Me quedo pensando si no hay que despertar a todos los muertos que siguen luchando; tarea de los vivos que a veces parecen muertos también.

Los 30 mil y ahora uno más como López son como la tormenta que llega en el penúltimo día de agonía en medio del desierto.

Carlos Fuentealba termina de pintar una versión de Sobisch; el rostro del pequeño dictador es un reloj chato, sin números, de su ombligo sale una larga cadena de sangre atada a una caja fuerte.

Alguien viene a reprimirnos, Carlos Fuentealba escriben con su tiza en las paredes del museo; ¡despierten!

La memoria y todas sus señales, los relojes y timbres distintos sonando a la misma hora.

Quien rescata memoria rescata futuro; porque no hay peor cosa que no saber quien se es, dónde se viene y a dónde se pretende llegar.

Carlos Fuentealba venía del país de los derechos y por la conquista de saber. Viajaba a una ruta liberada por los sueños de un país sin democracia deforme como los relojes de Dalí, una democracia sin la memoria parapléjica.

La historia que se cuenta oculta al asesino de Fuentealba y esconde la causa que no debe ser librada jamás porque despertaría la memoria y haría justicia.

Solo el pueblo puede contar de su propia mano, entonces habrá otra historia, otro rumbo.

Los sueños regresan pidiendo piedra libre; sueño del diario del presidente donde no está muerto Fuentealba y López cultiva el jardín de su casa. Sueños pobres sin caricaturas que despabilen sentidos. Y sueños los sueños de Fuentealba y Fuenteovejuna, los relojes deformados de la historia rescatados por los obreros sin fábrica de este tiempo anoréxico de ideologías, de un solo idioma y sentido, una sola comida del porvenir.

Soñar cuesta la vida y vale la muerte; soñar para todos una libertad sin patrón, un conocimiento sin custodia, una nación sin muertos de hambre ni de sed, ni de miedo, ni obediencia ni de conciencia.

Encajar el realismo de nuestro sueño a la uña encarnada de nuestra desesperación.

La Persistencia
de

la Memoria
, de Salvador Dalí y Carlos Fuentealba, (co- autor) es un salto de calidad sobre la democracia presupuestada.

Ultimo sueño: el maestro entra a clase y cuenta a sus alumnos la historia de la joven viuda en busca de justicia; dice que el recuerdo solo nos transforma en un museo y hay que ir al infierno, jugar destinos con el compañero, correr el telón y rescatarnos para la única libertad posible que es la igualdad.

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