AFRICA GLOBAL.

Somalia: Los verdaderos piratas Joaquin Sampere

Consecuencias de naufragio del carguero Gulser Anna 

Soberanía alimentaria en Somalia Gustavo Duch Guillot, Ex Director de Veterinarios Sin Fronteras

Rwanda 1994: un conflicto ¿étnico? Paloma Casaseca

Elecciones presidenciales en forma de plebiscito Florence Beaugé

Túnez: la cara vergonzosa de las manipulaciones occidentales René Naba

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Los verdaderos piratas

Joaquim Sempere

Público

En 1991 se hundió el orden político de Somalia, país que sucumbió a una guerra civil empeorada por la intervención estadounidense. El colapso político dejó la sociedad somalí sin defensas, situación que fue aprovechada por navíos procedentes de Europa, Estados Unidos, China y otros países para verter en sus aguas grandes cantidades de residuos tóxicos y radioactivos. El abuso se hizo visible cuando, en 2005, un tsunami depositó en las playas y costas somalíes bidones corroídos y otras muestras de estos residuos. Según el enviado de las Naciones Unidas en Somalia Ahmadou Ould-Abdallah, la porquería tóxica acumulada en pocos días por la catástrofe marina provocó úlceras, cánceres, náuseas y malformaciones genéticas en recién nacidos y, al menos, 300 muertes. Pero las desgracias no terminan ahí. Aprovechando el desgobierno, una multitud de barcos de pesca empezó a faenar en las aguas frente al país, incluidas sus aguas territoriales. En 2005 se calculó que pescaron allí unos 800 barcos de distintos países, muchos de ellos europeos y, más específicamente, españoles. Se estima que los ingresos generados durante un año por esta pesca extranjera ilegal ascendía a 450 millones de dólares. El resultado fue la rápida disminución de unas reservas pesqueras que eran el principal recurso para las comunidades de pescadores del país, catalogado como uno de los más pobres del mundo.

Un reportaje de Al Yazira informa de que grupos de somalíes trataron de constituir un cuerpo autodenominado "Guardacostas Voluntarios de Somalia", reuniendo dinero con el que pagar a la empresa estadounidense Hart Security, que se dedica a entrenar y formar luchadores y mercenarios por todo el mundo –y que, años más tarde, ha actuado como mediadora para el cobro de rescates en aquellas mismas aguas: ¡negocio redondo!–. Al parecer, hubo intentos de esos guardacostas voluntarios de negociar con los buques de pesca extranjeros para que dejaran de faenar o pagaran un impuesto para seguir haciéndolo, intentos que resultaron fallidos. El desenlace final fue lo que hoy se califica como piratería somalí. En un país plagado de armas, desgarrado por bandas rivales y sometido a una situación económica desesperada, un desenlace así no debería sorprender. A la vista de lo anterior es legítimo preguntarse: ¿quiénes son, en esta historia, los verdaderos piratas?

Hay en España quien propone que los atuneros españoles (que son sobre todo vascos) lleven militares a bordo para disuadir a los piratas. En el Parlamento vasco, los votos del PP y el PNV han hecho posible el pasado 8 de octubre aprobar una moción en esta línea. El Congreso ya lo había descartado meses antes arguyendo que la legislación española no lo permite. Francia sí lo permite, y hace tiempo que en el Índico los barcos de pesca franceses llevan militares a bordo. Pero esta diferencia es de detalle: ambos países lograron que el 10 de diciembre de 2008 los ministros de Defensa de la Unión Europea aprobaran la llamada Operación Atalanta contra la piratería somalí, y que se diera luz verde al envío de entre 6 y 10 buques de guerra para "garantizar la seguridad" en el golfo de Adén con el mandato de vigilar las costas de Somalia, "incluidas sus aguas territoriales".

Estos hechos muestran que el colonialismo no sólo no ha muerto, sino que está tomando nuevos bríos. Y un nuevo aspecto marcado por la crisis de recursos naturales, en este caso la pesca. Las flotas pesqueras de los países ricos, compuestas por buques con capacidad para moverse por todos los mares del mundo, esquilman un caladero tras otro: son las principales culpables de la sobrepesca que desde hace años viene destruyendo la capacidad de regeneración de las especies marinas y preparando un colapso de las capturas a escala mundial. Las primeras perjudicadas son las poblaciones de los países pobres que dependen de la pesca local: ellas carecen de flotas potentes para pescar lejos de sus costas. El caso somalí es uno de los más sangrantes por las circunstancias políticas internas, pero no es el único.

España está recuperando sus blasones imperiales contribuyendo a empobrecer a uno de los países más pobres del mundo. Al hacerlo no sólo comete una injusticia, sino que practica una política sin futuro también para sus habitantes. Porque cuando ya no haya caladeros por explotar en ningún rincón del mundo, ¿qué harán nuestros marineros y pescadores? Es una indignidad aprovecharse de un país desangrado por una guerra civil y luego mandar a los soldados a defender una causa indefendible que no hace más que profundizar la tragedia de ese pueblo. Y si se quiere mirar desde otra óptica, ¿cuánto nos cuesta mantener la dotación de dos buques de guerra, un avión y 395 efectivos de la Marina española que tenemos destacados en la zona?

El caso tiene su moraleja. Un país desarrollado como España no debe, tras agotar sus propios recursos pesqueros, expandirse por los mares del mundo privando a otras poblaciones más pobres de sus medios de subsistencia, porque agrava la situación de esas poblaciones y las empuja a una resistencia que desemboca en aventuras violentas y salidas militares. La solución hay que buscarla en casa, adaptándose a unos ecosistemas dañados y gestionándolos mejor (por ejemplo, con la piscicultura como alternativa a la pesca), y adoptando medidas previsoras para que nadie se quede sin trabajo y sin fuente de ingresos. Es inquietante que se esté haciendo exactamente lo contrario: optar por la huida hacia delante y por un neoimperialismo ecológico reforzado militarmente que sólo puede redundar en un empeoramiento de la situación.  

Joaquim Sempere es Profesor de Teoría Sociológica y Sociología Medioambiental de la Universidad de Barcelona

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=93962&titular=los-verdaderos-pira...

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La mitad de la población de la zona sobrevive gracias a la industria pesquera

Los vertidos de un carguero frente a la costa de Madagascar causan graves daños en la zona

05-11-2009

Mundo Negro

La población de Faux Cap sufre problemas respiratorios, disturbios intestinales y enfermedades cutáneas, todo a consecuencia del naufragio del carguero Gulser Anna, que contaminó las aguas y las costas del extremo sur de Madagascar. El carguero, que navegaba bajo bandera turca, se hundió en la noche entre el 25 y el 26 de agosto, y los problemas de salud de la población malgache han sido denunciados en un estudio realizado por el Fondo Mundial para el Medio Ambiente (WWF). La investigación destaca que los problemas de salud se suman a las dificultades económicas de la población local, unos 40.000 habitantes.

La mitad de la población de la zona sobrevive gracias a la industria pesquera, especialmente de la pesca de langostas que estuvo prohibida durante varias semanas después del naufragio.

El estudio del WWF denuncia también las consecuencias ambientales del naufragio, en especial la destrucción de una parte de la barrera coralina, la desaparición casi total de algunas especies raras, como del llamado cangrejo de arena, y la mortandad más elevada de moluscos, contaminados por las sustancias tóxicas que transportaba el carguero.

La organización también relaciona con el naufragio el hecho de que nueve ballenas encallaran en las costas meridionales de Madagascar en el mes de septiembre.

Según los expertos, los fosfatos de la carga de la nave no son directamente nocivos para el ser humano, pero su abundancia en el mar ha acelerado la proliferación y la descomposición de las algas, un fenómeno que aumenta la producción de toxinas.

Según el WWF, para limpiar las manchas de hidrocarburos que cubrieron 30 kilómetros de playas en la costa al este de Faux Cap, los trabajadores no recibieron las vestimentas y herramientas adecuadas para llevar a cabo la tarea, lo que habría causado graves consecuencias para su salud.

El estudio afirma que en toda la región la cadena alimentaria se ha visto alterada de manera significativa, y que el impacto ambiental, tanto para la población como para el ecosistema, se manifestará a lo largo de los años.

Las causas del naufragio siguen siendo desconocidas a pesar de que el Gobierno malgache iniciara una investigación. Según fuentes de prensa internacional, el propietario del Gulser Anna pagó a la población local como indemnización unos 73.000 euros.

El buque mercante cargó 39.000 toneladas de fosfatos en Lomé, Togo, y después de hacer escala en Sudáfrica volvió a partir hacia la India.

En el año 2006 la Unión Europea incluyó al Gulser Anna en una "lista negra" de barcos considerados peligrosos y por lo tanto no autorizados a acercarse a las costas del viejo continente.

Fuente: http://www.combonianos.com/MNDigital/index.php?option=com_content&task=v...

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Soberanía alimentaria en Somalia Gustavo Duch Guillot

Rebelión

La información que los medios de comunicación nos van ofreciendo sobre los secuestros de barcos atuneros frente a las costas de Somalia ha ido, gota a gota, matizándose. Aunque se siga hablando de piratería, se ha explicado como en esas aguas muchos países desarrollados hemos ido vertiendo residuos tóxicos. Sabemos también que una de las razones por las que se llega a esta situación ha sido la pesca ilegal, la pesca en aguas territoriales somalíes, y siempre a unos ritmos y cantidades que dejan los caladeros al borde del colapso. Entre los barcos responsables está la flota española que ha sido además altamente subvencionada por la Unión Europea para éste, digamos, ecocidio. Por ejemplo, el Alakrana, barco recientemente secuestrado recibió una ayuda para su construcción de más de cuatro millones de euros.

Pero aún hay un nuevo dato que añadir -y muy significativo- que demuestra el terrible daño que hace esta flota extractiva saqueando en territorios dónde la pobreza y el hambre están instaladas. Este último año los pescadores locales de Kenia, al sur de Somalia, llegan cada día a puerto con capturas cómo hacía años no recordaban. Cuentan que vuelven a pescar atunes, barracudas o rayas gigantes porque la presencia de los "piratas" somalíes ha ahuyentado y alejado mar adentro a las grandes factorías flotantes. En el pequeño pueblo de Malendi un pescador puede estar ganando más de 200€ diarios, cincuenta veces más que el salario medio de la población. Un salario más que digno. Hemos de tener en cuenta que los grandes barcos en sus capturas de atunes pescan también muchas otras especias que simplemente descartan. Hoy sin estos barcos, la pesca de atún y los "descartes" son fuentes de ingresos y de proteínas para la población local. También se ha beneficiado el sector de la pesca deportiva donde las cámaras fotográficas vuelven a encuadrar grandes piezas antes de devolverlas al mar.

Por lo tanto, si en lugar de medidas de militarización de los buques españoles se planteara la prohibición de la pesca industrializada en el continente africano, se podría por un lado dedicar esos fondos en potenciar una política europea y española a favor de la pesca artesanal, local y sostenible, que tanta falta hace, y por otro, contribuiríamos en el desarrollo de los pueblos africanos con mucha mayor eficacia que con muchos programas de solidaridad. Respetando, como debe ser, la propia soberanía alimentaria africana.

Un vídeo, oleadas de satisfacción: http://www. ecologistasenaccion.org/spip. php?article15709

Gustavo Duch Guillot, Ex Director de Veterinarios Sin Fronteras

Rebelión ha publicado este artículo a petición expresa del autor, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=94318&titular=soberan%EDa-aliment...  

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Rwanda 1994: un conflicto ¿étnico?

06-11-2009

Paloma Casaseca

Rebelión

Entre el 6 de abril y el 4 de julio de 1994, se desató en Rwanda una ola de violencia genocida que terminó con 800.000 víctimas mortales y más de dos millones de refugiados, en su mayoría tutsi y hutu moderados. Durante 3 meses, el 85% de la población hostigó, torturó y aniquiló sistemáticamente al 15% restante con el fin de exterminarla a causa de una diferencia étnica en realidad inexistente.

Han pasando más de veinte años desde que se produjese el genocidio de Rwanda, y todavía los medios de comunicación no saben cómo referirse a el: conflicto étnico, diferencias tribales, genocidio, guerra civil, etc. Multitud de denominaciones que no se ajustan exactamente a la realidad ruandesa; demasiados titulares para una misma masacre.

Conviene prestarles especial atención, pues es a través del lenguaje que el ser humano configura su percepción del entorno. Por tanto, siempre que continúen existiendo confusiones de carácter nominal aparentemente irrelevantes, se estarán fortaleciendo otras más graves, las históricas.

Así, mientras los profesionales de los medios de comunicación no lleguemos a un acuerdo universal sobre la determinación del genocidio ruandés, estaremos diluyendo sus auténticas causas y consecuencias.

El filósofo húngaro de origen judío Arthur Koestler, se atrevió a declarar en 1978 que las guerras no se luchaban por territorios, se luchaban por palabras. ¿Puede efectivamente una mera distinción nominal convertirse en real?

Para comprobar cómo fue posible en el caso del genocidio ruandés, es necesario hacer un pequeño repaso de su evolución histórica, desde los asentamientos de los primeros pueblos en Rwanda hasta la colonización por parte de Bélgica en 1916.

Desde el siglo VI comenzaron a instalarse en las montañas boscosas de Rwanda los Twas, un pueblo de raza pigmeoide que actualmente constituye tan sólo el 1% de la población total ruandesa. Posteriormente llegaron los Bahutus o Hutus, de características similares, que ocuparon en pocos años gran parte del territorio ínterlacustre debido a su alta tasa de natalidad -constituyen actualmente el 85% de la población-. Ambos pueblos convivieron pacíficamente gracias a un modelo de subsistencia simple basado en la caza y la recolección de alimentos.

A lo largo del siglo XV, se instalaron en el territorio los Batutsi o Tutsi, procedentes de la actual Etiopía (1). Si bien sólo constituían el 15% de la población, su modelo de subsistencia basado en la ganadería se impuso al de las tribus existentes y les permitió implantar un sistema feudal que centralizaba el poder en un rey autoritario -Mwami- y una pequeña corte tutsi procedente de la nobleza, únicos conocedores del Ubwiru(2). Los tutsi pasan así a convertirse durante el siglo XVI en señores feudales y los hutu en sus siervos.

Se abre entonces la primera fisura de la brecha que posteriormente separará a ambos pueblos. Una enemistad irreconciliable que tiene su origen en la envidia: de los agricultores hacia los pastores, de los pobres hacia los ricos, de los hutu hacia los tutsi.

Entre noviembre de 1884 y febrero de 1885 se celebra en Berlín(3) una conferencia que dará lugar al reparto colonial de África entre las principales potencias europeas. Así penetraron, a finales del siglo XIX, los primeros colonizadores europeos en territorio africano.

En esta conferencia, Rwanda fue cedida a Alemania, cuyo objetivo real era hacerse con Rwanda para construir una vía férrea que llegase a Tanzania y así poder explotar los recursos naturales de este último. El proyecto quedó inconcluso a causa de su excesiva envergadura: los alemanes no querían derrochar su capital y finalmente optaron por no invertir demasiados fondos en el pequeño país africano. Así, cuando se instalaron en 1898, establecieron un acuerdo con el monarca ruandés según el cual se comprometían a protegerle y defender el territorio a cambio de que este se sometiese al Imperio Alemán.

Sin embargo, su sueño de colonialismo se desvaneció en 1914 tras la subida al poder de Musinga V. Los belgas, desde el Congo, iniciaron ese mismo año una guerra de ocupación que terminaría dos años después con la tutela de Rwanda por parte de Bélgica bajo la supervisión de la Sociedad de Naciones.

El objetivo último de la expansión colonial de Bélgica era utilizar mano de obra ruandesa para explotar la riqueza minera de Zaire. Tras un pacto no oficial con el mwami Mutara III (que ellos mismos habían colocado en el poder), Bélgica implantó un sistema de administración indirecta, consiguiendo estratégicamente que los aspectos negativos más visibles de la colonización (impuestos, restricción de libertades, etc.) apuntasen directamente las autoridades locales y no a las europeas.

A partir de este momento comenzó en Rwanda la introducción de reformas administrativas y sociales destinadas a consolidar el poder de los tutsi, del que se aprovechaba el gobierno belga ya que este le permitía contar con total libertad de maniobra. Para ello desarrollaron una hipótesis que demostraba la superioridad genética de los tutsi. Basándose en falsas teorías antropológicas e inspirándose en el discurso y métodos "científicos" del francés Gobineau (4), en Rwanda se empezaron a medir cráneos y narices para probar que los tutsi eran genéticamente superiores a los hutu.

Este proceso de diferenciación culminó en 1945 con la polémica creación de un documento de identidad que especifica el origen étnico de cada individuo: Twa, Hutu o Tutsi.

Es entonces cuando las tribus ruandesas son denominadas como etnias y por tanto, configuradas como tal. La diferencia sustancial entre ambos términos es crucial para la comprensión del conflicto posterior.

La Real Academia de la Lengua Española define el término etnia como aquél que designa a una "comunidad humana definida por afinidades raciales, lingüísticas y culturales"; mientras que tribu se refiere a un "grupo social primitivo de un mismo origen (real o supuesto) cuyos miembros suelen tener en común usos y costumbres."

Según los datos aportados anteriormente, podemos afirmar que (independientemente de su origen) en Rwanda convivían 3 tribus: twa, hutu y tutsi. Al dividir a la población en etnias distintas, las autoridades belgas convirtieron en visibles, evidentes y palpables las diferencias entre ambos pueblos. Las convirtieron en reales.

Es innegable que ya estaban latentes antes de la llegada de los Occidentales, pero nunca se hicieron tan notables como en los años de ocupación. A pesar de que existiesen desigualdades, estas eran de tipo social y moral.

A partir de 1916, Bélgica las transformó en políticas y legales. Introdujo reformas administrativas y sociales destinadas a consolidar el poder de los tutsi primero y el de los hutus después. Fomentó el odio y rencor entre ambas tribus a través del sistema de administración indirecta que descargaba responsabilidades en las autoridades locales más visibles y lo más importante: dividió de manera oficial a la población ruandesa con la creación del documento de identidad que señalaba el origen étnico de cada individuo, convirtiendo a las tribus en etnias y legitimando y amparando las diferencias entre ambas.

Etnia. Una etiqueta por la que murieron más de 800.000 personas y por la Rwanda continúa agonizando. Un sustantivo que sigue distinguiendo a unos de otros, una dolorosa confusión que todavía escuece, un abismo que separa a un mismo pueblo.

Notas:

1) Existen diferentes teorías sobre el origen del pueblo Tutsi, pero ésta es la más fiable. La asimilación de la lengua de la región "kinyarwanda" en detrimento de la suya propia, "kijema", es estudiada por los expertos como único ejemplo de cristalización nacional en el contexto primitivo africano.

2) El Ubwiru o Abiru es un código divino impuesto por la voluntad de Imana -Dios- cuyo contenido exacto sólo conocía la corte del rey y éste último. Fue utilizado por los monarcas tutsi hasta la proclamación de la república en 1962, como un conjunto de leyes que regían el ámbito público de la sociedad ruandesa.

3) Liderada por el Canciller alemán Otto Von Bismarck y con representantes de otros 14 países, la Conferencia de Berlín se celebró en 1884 con el fin de resolver la expansión colonial en el continente africano y organizar la repartición de sus territorios. Se proclamó entre otros el derecho a colonizar un territorio si se ocupaba la costa del mismo y se repartió el continente entre varias potencias: la costa mediterránea quedó en manos de Francia y Reino Unido, que junto con Bélgica ocupaban también la costa occidental, el sur de la costa oriental fue cedido a Alemania y el norte a Reino Unido; España consiguió el Sáhara Occidental, Italia se hizo con Somalia y Portugal con Angola, Mozambique, Cabo Verde, Guinea-Bissau y Santo Tomé. Tras la Conferencia, sólo dos países africanos conservaron su independencia: Etiopía y Liberia. Considerada por los historiadores como el inicio del imperialismo colonial, esta conferencia agravó los problemas que pretendía resolver, provocando tensiones territoriales, políticas y económicas.

4) En 1853, Joseph Arthur Gobineau publicó Essai sur l’inegalité des races humaines. Esta obra contenía apreciaciones acerca de la pureza y de cómo la pérdida de pureza racial por la mezcla de sangres incidía sobre la decadencia de los pueblos.

Rebelión ha publicado este artículo a petición expresa del autor, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

 

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En Túnez, «hay los que se aprovechan del sistema y los que están furiosos porque se ven excluidos»

Elecciones presidenciales en forma de plebiscito.

24-10-09

Florence Beaugé

Le Monde

Traducido para Rebelión por Caty R.

Desde la independencia (1956), una característica de las elecciones presidenciales en Túnez es que el ganador siempre ha conseguido más del 90% de los sufragios emitidos. Habib Burguiba obtuvo el 99,67% en 1959; el 99,78% en 1964; el 99,75 en 1969 y el 99,85% en 1974. De 1975 a 1987 fue la «presidencia vitalicia» de Burguiba. Su sucesor, el presidente Ben Ali, ha seguido el mismo camino. Llegado al poder en 1987, obtuvo el 99,27 de los votos en 1989; el 99,91 en 1994; el 99,44 en 1999; pero «sólo» el 94,48% de los sufragios en 2004.

Cada cinco años se convencen de que «es la última vez». La última vez que dejan que el «artífice del cambio», según la terminología oficial, se mantenga en el poder a golpe de enmiendas dictadas la víspera de las elecciones para apartar a cualquier rival serio. Pero esto dura desde hace veintidós años. Tantas ilusiones que alimentaron los tunecinos en la tarde del 7 de noviembre de 1987, después de que Ben Ali, entonces Primer Ministro, depusiera a Habib Burguiba, que se había vuelto senil, ya no les quedan actualmente. Y el domingo por la tarde, ya lo saben: sea cual sea su voto, Zine El-Abdine Ben Ali será reelegido a la cabeza del país para un quinto mandato, con un resultado que rozará el 95%.

Sin embargo, la impopularidad de ese hombre de 73 años es impresionante. De los tres países del Magreb, el régimen tunecino es sin duda el menos querido por su población. Ni siquiera en Argelia el poder recibe semejante desprecio… Para el turista de paso es incomprensible. A primera vista, Túnez es limpio y hermoso. Carreteras, aeropuertos, servicios, todo funciona bastante rápido y bien. Todos los hogares tunecinos, o casi, tienen agua y electricidad; el 80% de la población es propietaria de su vivienda (al precio de un fuerte endeudamiento); hay pocos barrios de chabolas. La escolarización y la sanidad, aunque imperfectas, son accesibles para todos. Las mujeres tienen los mismos derechos que los hombres (salvo en materia de herencia).

El país, dirigido por un buen equipo de tecnócratas, anuncia cada año honrosas tasas de crecimiento del orden del 5%. Y sin embargo es difícil encontrar tunecinos que se declaren felices…

El domingo 25 de octubre, Rachid irá a votar. Pero «no por ‘él’» dice secamente. Es decir, no por el candidato Ben Ali. Antes que boicotear las urnas, este padre de dos hijos, de 55 años, funcionario del ferrocarril, dará una vuelta por el colegio electoral para «no hacerse notar». Pero a resguardo de las miradas, votará en blanco. ¿Qué le exaspera? Entre otras cosas, el paro (14%), en particular el de los jóvenes licenciados. Los salarios muy bajos (el salario mínimo es de 250 dinares, es decir, 130 euros). Los privilegios. El chantaje de los pequeños funcionarios, especialmente de los policías. La obligación de adherirse al partido del poder, la Agrupación Constitucional Democrática (RCD), para beneficiarse de ayudas como un empleo, una beca, un permiso para construir, etcétera.

Esta red con la que asfixian a la sociedad la RCD y sus acólitos –comités de barrio e «informadores»-, Rachid y su mujer cada vez la llevan peor. Ambos se preocupan por sus hijos «¿Qué les vamos a dejar? ¿Un país donde el Estado de derecho sólo es una palabra en el aire?», se preguntan con ansiedad e irritación.

Pero otro asunto domina todas las conversaciones y alimenta la frustración general: el imperio de «la familia» sobre el país. Como dice Rachid: «después un trago, porque el vino suelta todo, reconocerá la verdad: ¡estamos hartos!» Hartos, precisa, de los hermanos, los hijos, los sobrinos los Trabelsi, Chibub, Ben Ali, El-Materi, «de todo ese clan familiar que no deja de engordar y acaparar las riquezas del país».

«Túnez vive un crecimiento innegable desde hace veinte años, pero que beneficia de forma muy desigual a la población. De ahí la amargura. En la actualidad nos hallamos en una sociedad dual, es una novedad. Están los que se aprovechan del sistema y viven a lo grande y los que están furiosos por verse excluidos», analiza Tarek, un próspero hombre de negocios. Según él, el presidente Ben Ali es un experto en «tomar el pulso al pueblo llano» y actuar en el momento adecuado Cuando sube la presión, suelta lastre y decreta, por ejemplo, subidas salariales para evitar cualquier derrape social grave o prolongado. Es esta capacidad de adivinar «hasta dónde puede llegar» la que, combinada con el clientelismo y la red policial de la sociedad, explican en buena medida su mantenimiento a la cabeza del país.

En cualquier caso, hace mucho tiempo que el jefe del Estado entendió que sus socios europeos se conformarían con una democracia de pacotilla en Túnez. «¿Los derechos humanos? ¡Después de veintidós años de ‘benalismo’, la juventud pasa! En última instancia, nos da la razón para seguir llevando a cabo este combate. Los jóvenes consideran que somos muy tontos por no aprovecharnos del sistema», se lamenta la socióloga Khadija Chérif, de la Asociación Tunecina de Mujeres Demócratas (ATFD), desanimada como muchos otros de su generación. «Los estudiantes están totalmente despolitizados. Para ellos, el éxito se reduce al dinero, no al esfuerzo o los estudios», corrobora la profesora de universidad Larbi Chouikha.

Resignados, indiferentes, pero sobre todo atenazados por el miedo, los tunecinos esperan ¿Qué? No lo saben muy bien. Que «la muerte», un «golpe de Estado», o incluso un «atentado», dicen un poco embarazados, casi con vergüenza, venga a librarlos de este sometimiento a un régimen que les oprime, pero no hasta el punto de rebelarse. Gracias a la cadena de información de Qatar Al Jazeera, «nuestro oxígeno», dicen, no ignoran nada de lo que pasa en su país, a despecho de la mordaza de la prensa nacional. «Todo tiene un final», dicen de vez en cuando como para tranquilizarse.

Imperturbable, el poder afina su lenguaje de cara a Occidente. «Padecemos un déficit de imagen por falta de conocimientos en la comunicación. Es nuestra principal debilidad», suspira así Zouhair Mdhaffar, ministro delegado del Primer Ministro encargado de la función pública, antes de proseguir con hipocresía: «somos una democracia emergente. Sabemos que todavía tenemos mucho que hacer en ese terreno. Pero entonces, ¿por qué son ustedes tan severos con Túnez? ¡Harían mejor si apreciasen nuestro balance global en vez de señalar los pequeños detalles!»

Fuera, mientras tanto, los defensores de los derechos humanos sufren un acoso cotidiano, posibilitado por una administración y una justicia «a las órdenes». «Pequeños detalles», sin duda, las palizas reglamentarias en plena calle. La vigilancia veinticuatro horas al día (incluso para los periodistas extranjeros). Las prohibiciones arbitrarias de salida del territorio. Las desviaciones del correo, en particular electrónico. La vigilancia de las líneas telefónicas. El filtro policial a la entrada de los domicilios privados. No acabaríamos nunca de hacer la lista de los métodos empleados por el régimen...

«Detalles», también, las campañas de difamación, llevadas a cabo semana tras semana por una prensa basura, contra cualquier voz discordante. Algunos ejemplos: Según Kol El Nass y Al Hadath, dos periódicos en lengua árabe próximos al poder, Khemais Chammari, ex diputado, es un «traidor y un corrupto». Hamma Hammami, portavoz del Partido Comunista de los Obreros de Túnez (POCT, prohibido) es «un hijo de puta arrogante». El doctor Moncef Marzouki, ex secretario general de la Liga Tunecina de los Derechos Humanos, es «un drogadicto». En cuanto a Maya Jribi, secretaria general del Partido Democrático Progresista (PDP, legal), una de las escasas mujeres que han tenido la valentía de lanzarse a la política, no es nada más que una «lamboua» (puta).

Este reportaje se realizó a principios de octubre, antes de que la enviada especial de Le Monde, de regreso a Túnez, fuera rechazada en el aeropuerto el 21 de octubre. Florence Beaugé es corresponsal de la sección internacional del diario Le Monde en los países del Magreb.  Fuente: http://www.lemonde.fr/afrique/ article/2009/10/22/les- tunisiens-desabuses-a-la- veille-de-la-presidentielle_ 1257337_3212.html

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Túnez: la cara vergonzosa de las manipulaciones occidentales

El País del Jazmín, espejo deformado de Occidente

René Naba

Traducido para Rebelión por Caty R.

 

La detención del periodista Tufic Ben Brick el 29 de octubre, cinco días después de la reelección del presidente Zine El-Abidine Ben Ali, ha resonado como un bofetón a sus protectores occidentales y a los amables pensionistas de sus balnearios. Conlleva la condena de su complacencia y el descrédito de su discurso.

El 7 de noviembre de 2009, Túnez celebra el vigésimo segundo aniversario del golpe de Estado «médico» del general Zine El-Abdine Ben Ali contra el padre de la independencia tunecina, el combatiente supremo Habib Burguiba, en un ambiente de resignación de la población desolada por la perspectiva de una presidencia vitalicia de su «general presidente» debido a sus manipulaciones constitucionales dirigidas a asegurar su longevidad política con la complicidad silenciosa de sus protectores occidentales.

Régimen conocido por su utilización abusiva del nepotismo, la represión, la intimidación y la corrupción, Túnez sigue beneficiándose, sin embargo, de una sorprendente indulgencia por parte de los países occidentales, más rápidos para denunciar las violaciones de los derechos humanos en Irán o Siria que en el patio trasero de Francia (Túnez, Marruecos, Gabón o el Chad), más rápidos en indignarse por Darfur que por Gaza, por el Tíbet que por el Yemen. Más rápidos para denunciar el fraude electoral en Irán, con el refuerzo de grandes campañas mediáticas, que el fraude masivo en Afganistán, la mascarada de la democracia «a la tunecina» o la inmoralidad del feudalismo político del bloque parlamentario del multimillonario libanés-saudí Saad Hariri en Líbano. Más rápidos, en fin, para abrasar a un jefe de Estado «culpable» de prolongar su mandato de tres años, sólo tres años, el libanés Emile Lahud, que a sus clientes árabes reincidentes en el poder, como el egipcio Hosni Mubarak (28 años en el poder), el tunecino Ben Ali (22 años de mandato) o los dinosaurios de la Francáfrica.

Rodeado de una camarilla familiar que aglutina a los traficantes de drogas, los piratas de los mares y los depredadores de los bancos, el reyezuelo de Túnez comparte el trono con su avasalladora esposa Leila en el País del Jazmín, que se ha convertido al paso de los años en el podrido reino de la corrupción, en una parodia de democracia, en la coartada occidental de la lucha contra el fundamentalismo religioso, en el espejo deformado de Occidente, la cara vergonzosa de sus manipulaciones.

Para la renovación de su mandato, el geniecillo de Cartago se superó durante la última consulta electoral, el domingo 25 de octubre, dando pruebas de imaginación e innovación hasta el punto de que la mayoría de los observadores se pusieron de acuerdo al pensar que el escrutinio presidencial había sido una obra maestra de mascarada y arbitrariedad. Aunque Zine El-Abdine Ben Ali ha resultado reelegido oficialmente, sin sorpresas, para un quinto mandato con el 89,62% de los votos emitidos, según los resultados definitivos del ministerio del Interior, sin embargo, el «presidente saliente» no ha conseguido superar los 90% obtenidos en los dos escrutinios precedentes de 1999 y 2004.

Sin embargo, el hombre no había escatimado esfuerzos. Así, estuvo atento para dar la apariencia de una competición pluralista asegurándose la presencia de otros tres candidatos, dos de ellos figurantes, representantes de partidos próximos al poder: Mohamed Buchina, del Partido de la Unidad Popular, y Ahmed Inubli, de la Unión Democrática Unionista. El tercero era Ahmed Brahim, dirigente del partido Ettajdid (Renovado, ex comunista), el único rival verdadero en esta competición.

Preconizando una transparencia que marcará época en los anales de los escrutinios electorales en cuanto que podría ilustrar a más de un dirigente aspirante a la eternidad, el presidente Ben Ali ha dado la vuelta a la ecuación al establecer una transparencia no del escrutinio, sino de los votantes, gracias a los sobres que se depositarían en las urnas, de diferentes colores según los candidatos.

La razón oficial señalada para justificar los sobres de colores era facilitar la identificación de los candidatos en las zonas con fuertes tasas de analfabetismo y el recuento de los votos. Pero el «voto en tecnicolor» podría enmascarar una operación de clasificación de los «buenos votantes» y los demás, más raros, «malos votantes», abstencionistas u otros opositores. Naturalmente, la papeleta presidencial era de color rojo vivo, muy visible desde lejos, fácilmente reconocible a distancia y su portador, también, fácilmente identificable. ¡Ay de quien se arriesgue a salir de la cabina con el sobre rojo en la mano! La trampa marcará su destino. Es difícil imaginar, en efecto, que se inscribiera en la lista de los potenciales candidatos a las preocupaciones.

La arbitrariedad está incrustada en todos los estratos del Estado. Así, el ministro de comunicación ha pagado con su cargo el hecho de no haber sabido planificar un sorteo favorable al presidente Ben Ali para la presentación de su programa en la televisión, a pesar de que ya había acaparado el 97% del espacio dedicado a la campaña presidencial en la prensa escrita frente al 0,22% para su principal rival, Ahmed Brahim, y el 1,27 y 1,28% respectivamente para los otros dos candidatos, según un estudio conjunto de la Asociación de Mujeres Demócratas, la Liga de Defensa de los Derechos Humanos y «Reporteros sin Fronteras» (LeMonde.fr, 23 de octubre de 2009).

Sacrifiquémonos a la costumbre y deseemos una larga vida al presidente reelegido Ben Ali (73 años) y a sus protectores franceses: al hombre de la ruptura declarada y de la continuidad en la práctica, el presidente Nicolas Sarkozy; al presidente gaullista del Tribunal de Cuentas, Philippe Seguin, el veraneante de Bizerte; a Bertrand Delanoe, alcalde socialista de París, el residente de Sidi Bu Said; a Fréderic Mitterrand, ministro de Cultura; y a la retahíla de intelectuales mediáticos, pensionistas gratuitos de sus lugares de vacaciones, que aseguran su promoción y la de su paraíso infernal, en especial el equipo de Télé matin de France 2: William Leymergie, Sophie Davant, Françoise Laborde, así como los nativos de Túnez, el productor Richard Moatti y la presentadora Daniella Lombroso.

Su silencio sobre la detención del periodista Tufic Ben Brick el 29 de octubre, cinco días después de la reelección de Ben Ali, resuena como una burla hacia ellos. Conlleva la condena de su complacencia y el descrédito de su discurso.

Y en vez de llenarse la boca con las virtudes de la democracia a la tunecina, en vez de inflarse con los sempiternos rituales sobre el bastión contra el islamismo que representa esta «dictadura ilustrada», que esos autoproclamados grandes defensores de la democracia se sumerjan en la lectura saludable de dos obras que constituyen auténticas radiografías de las torpezas del régimen, una exposición de las desviaciones de ese estado policial, ojito derecho de Occidente:

- La régente de Carthage, main basse sur la Tunisie, de Nicolas Beau, director del sitio satírico

bakchinch.info, y Catherine Gracier, periodista, Ed. La Découverte. Un libro encuesta sobre el régimen tunecino, del que lo mejor se puede consultar en este enlace: http://www.bakchich.info/La-regente-de-Carthage-main-basse,08817.html.

Sobre la connivencia mediática entre Francia y Túnez, ver Ben Ali, Françoise le borde, http://www.bakchich.info/article539.html

- Le jour où j’ai réalisé que la Tunisie n’est plus un pays de liberté, obra de Mohamed El Bussairi Bouebdelli, prólogo de Patrick Baudouin, presidente honorario de la Federación Internacional de las Ligas de los Derechos Humanos (FIDH) Descarga gratuita en Internet en árabe y francés en su sitio http://www.bouebdelli.org/

Fuente: http://www.renenaba.com/?p=1840

Rebelión ha publicado este artículo a petición expresa del autor, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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Selección IADEG Instituto Argentino de Estudios Geopolíticos 23/11/2009

 

Autor:
Agencia Che

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