Línea Belgrano Sur

Llego hasta allá, donde un pueblo se reduce a una plaza con su estación de tren. O sea al barrio, González Catan. Camino entre casas revocadas con polvo de calles secas, los ladrillos huecos que dan señal de pobreza y las caras agotadas de dignidad.

Me acerco a la estación y varios puestos de cd`s, ropa, juegos, revistas le dan a uno la bienvenida con altos y bajos.

Piso las tablas de madera cuarteada que son las escaleras del puente hacia el andén. En el andén: dos policías, un inspector y un canillita de 83 años arrimado a la ventanita del puesto. El tren esta llegando, se arriman trabajadores, chicos indigentes, embarazadas, jóvenes con la mirada fija en todo lo que se mueve. Subo al tren y dos escalones de metal abollados me hacen muecas por lo bajo; las puertas siempre abiertas y ese ojo de plástico espía hacia el vagón. Los asientos antiguos de cuerina reclinables y los fríos caños alrededor.

Llego a la estación Independencia, suben mujeres mayores con el rostro curtido junto a sus manos gruesas. Se suman a ellas, una pareja adolescente con un niño arrinconado en los brazos del padre. Suben niños con los ojos irritados, los labios secos que sin decir otra palabra, más que gracias reparten estampitas de amor. Hombres grandes y robustos, uno de ellos me mira fijo por un minuto y cierra sus ojos, como sedado. Hombres flacos se acercan entre sonrisas y bostezos, nunca faltan los gritos del inspector para los escolares, ni los gritos de los escolares entre sí.

Llegamos a la estación Eva Duarte, desértica como en las películas del lejano oeste, mejor dicho, como en este cercano oeste. Sube otra pareja de adolescentes pero esta vez es la madre quien carga al hijo. Se sientan cerca y mientras la madre amamanta al bebe, el padre la mira y sonríe tiernamente.

El paisaje es redundante de soledad amarilla por los pastos secos, quemados, el sol y el otoño. Gente caminando a un ritmo acostumbrado, por los que no tienen donde llegar, caminan entre la basura, los autos desarmados, las piedras, el barro; el desempleado, el marginado, el trabajador; sobre el amor, la pasión, las ganas, el desgano, el placer, el tormento y el dolor.  Que vergüenza me da pensar que no hago todo lo que puedo hacer, viéndolos hacer más de lo que pueden.

Llegamos a la estación de Laferrere, es la 1 y media de la tarde, me bajo como en busca de algo o alguien y en cuanto el chancho chifla, el tren con su garganta seca asiente. Subo al ante último vagón, atrás, más pibes, ya pocos laburantes. Comienza el ruedo hacia la estación Querandí, en honor a aquella gran  tribu luchadora: Los Querandíes. Allí es mi última parada. Ahora puedo ver mejor el paisaje porque las ventillas están abiertas, los asientos duros y fríos. Desde este vagón se siente el abandono de los que alguna vez tuvieron poder e inclusive de los que lo tienen. Se ve perfecta la línea que divide las últimas casas del asentamiento, con el campo abierto. Ahora un arroyo, ahora el club deportivo Laferrere, ahora el club deportivo Almafuerte y después el puente y después pequeñas dunas de tierra y al fin la Estación Querandí. Rodeada por chalets de un lado y las infaltables e improvisadas calles de tierra por el otro.    

Autor:
Fernando Ayala

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